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Nepal: lo que fue y lo que será

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Hace un año pisaba el firme suelo del Solu Khumbu, el valle Sherpa que ahora se agita y se precipita en forma de nieve y piedra. Estruendo unos segundos y luego, frío silencio. Energía que vuela y pasa de manos. De cuerpos a la Tierra. Ni se crea, ni se destruye. O sí, habrá que preguntarles a los que miran atónitos cómo la cima de una montaña decide bajar a su encuentro, contra todo pronóstico. Mi querido Ang Dawa Sherpa tenía todas las de salir perdiendo de alguna manera: su mujer y sus hijos en Kathmandú; él, en la zona de Langtang. Su Tea House se derrumbó, como su casa en la ciudad. Pudo salir con sus clientes, canadienses, sin más percances que unos rasguños y quedarse sin mochilas para pasar una dura noche al raso sin nada más que piedras, gente asustada y algún que otro cadáver. Comida tampoco, claro. Su familia, en una situación parecida, tampoco tenía dónde resguardarse. Pero estaban. Todos. Los cuatro. Hoy, tres semanas después, otro temblor agita y mete el miedo bien dentro de los habitantes del valle. El epicentro, cerca del bonito y bullicioso pueblo de Namche Bazar, primer mirador hacia el Lhotse, el Everest, el Ama Dablam y el Thamserku. Ese pueblo que con mi flojera inicial tanto me costó alcanzar, y que una intoxicación con butano casi me impide divisar a la vuelta. Ese pueblo reparador, conectado con el mundo y lleno de cosas que  hacer. Desde allí te adentras en la montaña. Cuando vuelves, sabes que ya has llegado a casa.  Sin más hostilidades. Última cerveza antes de ver los ochomiles. Primera tras dejarlos atrás. Casi nada de lo que he visto en Nepal estará igual cuando vuelva. Algunos de los que me dijeron “namasté” en el camino, quizá ya no estén. Ni sus tea house, baños inmundos, quemadores de boñiga de yak, sherpa stew o dal bhat. Seguiré encontrado sonrisas y miradas curiosas, niños correteando mugrientos y forrados en mil capas aún más sucias, una alfombra sobre la que sentarme y un té caliente. Quizá no va uno hasta allí sólo a subir montañas. Volveremos a encontrarnos con un Dawa sonriente en el aeropuerto, a tomer pizza y cerveza Everest, a cerrar los ojos camino de Lukla, y a intentar subir al Mera Peak. Volveremos a quedarnos sin aire, a marearnos, a disfrutar del amanecer tanto como a sufrirlo, a meternos en sacos de los que queremos salir y no. Volveremos a darnos cuenta de lo grande que es todo y lo pequeños que somos nosotros, tan a merced de lo que nos rodea. Volveremos.

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Esta entrada fue publicada el 12 mayo, 2015 a las 5:36 pm. Se guardó como Montañas y etiquetado como , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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